Publicado en el periódico ABC del domingo 3 de mayo de 2008
Tuteo
JON JUARISTI
Tuteo
JON JUARISTI
LOS vascos, como es sabido, tuteamos a todo el mundo. Se cuenta en Lequeitio que, cuando la emperatriz Zita de Habsburgo, exiliada en la encantadora población vizcaína, bajó por vez primera desde el palacio de Uribarren a la playa contigua, acompañada de sus niños -todos en traje de baño-, y se quedó escudriñando recelosa aquel mar camorrista, tan distinto del Adriático de sus amores, el marinero local asignado al grupo como bañero le dijo: «Erreguiña, ¿qué miras pues? ¡Alsa la pata y chángate!». Hay varias teorías sobre el tuteo vasco. Unos sostienen que se debe al igualitarismo foral, que nos hace a todos hidalgos. Discrepo. Si nos hubiera nivelado a la baja (todos chorizos, por ejemplo), lo entendería, pero los hidalgos se trataban de vuesa merced y no se apeaban el don y la doña ni en familia. Otros arguyen que, como en eusquera no hay tratamiento de respeto, al traducirnos en castellano optamos por el registro bajo. Puede. Aunque quizá se explique simplemente por un déficit de urbanidad.
En la España de antes de la guerra daba gusto saludarse, porque todo el mundo se trataba de usted, e incluso los próceres republicanos se llamaban entre sí don Aniceto, don Manuel, don Indalecio, don Alejandro. El tuteo político, según parece, lo introdujeron falangistas y comunistas, que iban de camaradas a tiempo completo. Suele echarse sobre los primeros la responsabilidad del tuteo universal que ha pervivido en la Administración, pero, si hubieran ganado los otros, nos veríamos hoy en las mismas.
Lo del tuteo generalizado e interestamental no ha cundido en Iberoamérica, donde sólo se tutean o vosean entre iguales, e incluso hay una sana resistencia a tratar de tú al inferior. En Méjico he oído a muchos padres tratar de usted a sus hijos de corta edad, y me he sorprendido, como buen gachupín, ante las connotaciones de ternura que adquiere el juego de la inversión jerárquica en el lenguaje afectivo (recuérdese aquel extraordinario bolero, Usted...). En otros países de nuestra lengua no es raro oír todavía el «su merced», usado por el pueblo llano español hasta comienzos del pasado siglo. Los colombianos son particularmente ceremoniosos, y su escritor mayor, Álvaro Mutis (don Álvaro para los amigos), jamás ha tuteado a las personas que verdaderamente estima, empezando por su señora.
En España, el caos dialectológico -piénsese en el híbrido «ustedes sois» de la Andalucía occidental- se va resolviendo en la nivelación del tuteo, que, a la larga, parece tan inevitable como la entropía cósmica. Pero no resulta elegante que el Estado acelere el proceso. Al parecer (véase el ABC del viernes pasado), son bastantes los ciudadanos ofendidos por el tuteo que Tráfico ha impuesto en las admoniciones luminosas de las autopistas. Confieso que no me había fijado en ellas. No conduzco, pero entiendo que los que lo hacen se piquen.
A mí, lo que verdaderamente me sulfura es la publicidad de Hacienda. No bastaba con el «Hacienda somos todos», aquel eslogan mendaz que se ha mantenido con inaudita y desfachatada contumacia. Ahora, han pasado al tuteo: «Marca con una x la casilla, etcétera». Pretender que el contribuyente paga sus impuestos con entusiasmo ya es absurdo, pero adoptar ese tono de confianza y buen rollito me parece un insulto, tanto a la inteligencia como al bolsillo. Y más cuando la deferencia impostada se traiciona en la sintaxis. Casi todos los verbos principales de los anuncios de la Agencia Fiscal están en imperativo, como no podía ser menos. Hacienda y Tráfico son precisamente los ámbitos donde el individuo percibe sin distorsión alguna la naturaleza coercitiva del Estado, y donde más sería de agradecer, por tanto, la cortesía, que exige siempre el usted y la perífrasis («¿Tendría usted la amabilidad de marcar con una x la casilla, etcétera?»). Y es chocante que esto suceda bajo un gobierno presidido por un maestro del eufemismo y de la vaselina edulcorada. En Méjico, hay atracadores que son prodigios de buenas maneras («Me veo en la presisión, joven, de aliviarle de la lanita»). Que traigan alguno para que les dé un cursillo.

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