He de confesar que se me han planteado algunas dudas a la hora de hacer pública esta carta, pero finalmente he optado por publicarla en el blog por dos razones fundamentales: de un lado, porque me parece una desconsideración hacia el autor y sus compañeros no hacerlo; de otro, pues a lo mejor por pura vanidad personal, aunque también porque para mí esta "retribución" es mucho más importante que los complementos retributivos por docencia e investigación: la primera procede de los usuarios del servicio, y la segunda de mis colegas, y entre ambas, parece evidente que la segunda está por propia definición mucho más mediatizada por criterios personales (aunque formalmente se fundamente siempre en criterios objetivos). Además, en la carta se hace referencia también a la labor de dos excelentes colegas universitarios y amigos que significativamente no tienen como actividad principal la docencia y la investigación, aunque en ambos campos sean auténticos números uno.
CARTA A UN PROFESOR.
Por fin me he decidido a escribir una carta de admiración hacia tu persona. Te voy a “hablar” de lo que pienso de ti y de lo que he visto en estos meses.
Cuando me matriculé, en Septiembre de 2007, lo primero que hice fue preguntar a otros compañeros por los profesores que me habían “tocado”. Pregunté: ¿Qué tal es el de Fiscal de este año? Y me decían: “que suerte has tenido con él, porque se puede aprobar bien y además vas a aprender mucho”. Sólo había tenido una experiencia igual en toda la carrera, Administrativo, con De la Concha y Luís Prieto. Ante la respuesta de los compis, pensé: “igual esta asignatura puede que me guste”. Esa esperanza e ilusión que me transmitieron los compañeros, me hizo sentir un extra de motivación, tenía una predisposición desde ese momento por el Fiscal. Esa motivación me ayudo a estudiar una asignatura por la que no tenía el más mínimo interés, al contrario, pensé que sería un “tostón”.
Comenzado el curso y con el paso de las semanas, me decía: “mis compañeros no se han equivocado”. Veía con el transcurso de las clases a un profesor con gran sabiduría; un alto nivel cultural, con dominio de su materia y que explicaba muy bien”. Esta apreciación mía, era totalmente unánime. La verdad que estaba sorprendido por su manera de explicar. Pero “lo máximo”, fue cuando iba viendo algo más, algo que jamás había visto en un profesor: un enorme corazón. Como lo “oyen”. Cada día de clase me decía: “pero no se enfada nunca, siempre responde con una sonrisa, te alienta a estudiar, con qué paciencia explica, te saluda, e incluso, te llama por tu nombre, cuanta humildad”. Yo me decía: “Bueno esto será el primer mes, o no sé, estará feliz estos días por alguna cosa personal, pero no señores y señoras…… fue así todo el curso, desde el primer al último día. Lleno de bondad y compasión, ofreciendo paz a todo aquel que tenía la suerte de saber de su existencia. Ofreciendo amistad a cambio de muy poco…. de respeto. Mucha gente duda sobre la existencia de estos profesores, y yo, les compadezco, porque conozco a uno.
Gracias, Guillermo, por enseñarme que se puede saber mucho pero sin bondad, humildad y afecto no sirve para nada. Es más, creo firmemente que sin lo segundo no se puede llegar a lo primero.
Eres sincero en un mundo donde la falsedad lo embriaga todo. Eres legal y lo demuestras cada día. Dices lo que piensas y no dejas duda alguna de lo que crees. Respetas a la gente tal como son. He llegado a ver en ti un gran profesor y mejor persona.
Te admiro. Un alumno.
(Por favor, ponlo en el blog porque aunque lo haya escrito yo, es un sentir de la inmensa mayoría de la clase).

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